CONRADO ESPINOZA (Educador)

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Es difícil de digerir. La realidad golpea el ánimo, con la inmutabilidad cruel de la ley de la vida, en este caso la muerte, que no sabe de cariños, insensible a los valores irreparables a los que nos aferramos los humanos.

¡Ha muerto el maestro!

¡Ha muerto el profesor don Conrado Espinoza!

Insigne maestro, extraordinario forjador de juventudes, vivió lo que auténticamente puede considerarse un apostolado de la educación y la cultura, descolló como extraordinario orador, pintor, periodista e historiador.

El fin inevitable llegó ayer a las 5:30 de la mañana, después de tres semanas de que había permitido que se le adivinaran los síntomas de un mal incurable que le tenía ya acorralado y marcado el término de su vida. Sus dolores, sus indudables sufrimientos, se los guardó estoico, nadie sabe por cuánto tiempo. Tres semanas atrás, sintiéndose muy agotado, buscó la tranquilidad y el descanso campirano en la casa de Raúl Díaz, en El Carrizo, uno de sus tantos y tantos exalumnos, esparcidos por toda la geografía nacional.

Dos semanas atrás, traído por el Ing.  Díaz y su esposa a Los Mochis, para ponerlo en manos de los demás exalumnos que siempre formaron el círculo  más inmediato al maestro, entre quienes se encuentran los  médicos Grijalva, Careaga, entre otros, se le sometió a exámenes minuciosos.

¡El diagnóstico golpeó cruelmente a los más íntimos sentimientos de quienes se consideraron siempre sus hijos, su única familia!: ¡Cáncer pulmonar muy avanzado!

Se dejó abierta una duda. Se requería un diagnóstico más preciso y confiable. Se arregló su rápido traslado a Guadalajara. El pasado domingo 20, llegaba a un hospital de la capital jalisciense y de inmediato se iniciaron las exploraciones y análisis. La confirmación fue el segundo golpe rudo en el ánimo de su enorme familia constituida por generaciones y generaciones de alumnos que recibieron de él, la enseñanza académica, cultura que eleva la forja espiritual que crea hombres.

Tres días después (el pasado miércoles 23), regresaba para ser internado en un pabellón aislado del hospital Dr. Francisco Agraz, para recibir visitas y saludos postreros de un desfile interminable de sus amigos y sus exalumnos, su única familia, en espera del inevitable final.

El insigne maestro que amó más a la región que a su propio suelo que lo vio nacer, había visto la primera luz un 28 de enero de 1896 -contaba con 81 años- en Zapotlán El Grande, Jalisco, hoy Ciudad Guzmán. Sus padres fueron don Rafael Espinoza y doña Isabel Soledad Rodríguez.

Hizo sus primeros estudios en ese lugar y en Sayula y los de magisterio, en Colima y Guadalajara.

Después de un periodo revolucionario que luego daremos detalle, se vino a Sinaloa. Las primicias de sus inquietudes juveniles de maestro que se sentía con ánimos de embestir a los molinos de viento de la ignorancia, origen de todos nuestros males, se las ofreció generosamente nuestro estado. Fungió como inspector escolar en Culiacán y como catedrático del Colegio Civil Rosales.

Nombres tan conocidos como el del Lic. Clemente Vizcarra, Dr. Rigoberto Aguilar Pico, Antonio Nakayama, desfilaron por la aulas que presidía aquel joven inquieto, que aprisionaba con avidez las primeras luces de una brillante y amplísima cultura que le aureolarían con el paso de los años.

Sus responsabilidades en la educación le llevaron después a Tepic. Tiempo después el Lic. José Vasconcelos, creador de la Secretaría de Educación Pública, emprendió su ambicioso plan de llevar la educación a los últimos rincones del país, mediante brigadas de maestros rurales, el profesor Conrado Espinoza comprendió los alcances de los proyectos y los abrazó con pasión, presentándose ante el ministro Vasconcelos para ofrecer los servicios de maestro rural  al rincón más apartado y no deseasen otros maestros.

Este gesto agradó al Lic. José Vasconcelos y abrió camino para una amistad que se tornaría entrañable con el correr del tiempo y los reportes de la eficiencia del maestro.

Encabezó así, instruido por el eminente filósofo, una brigada rural que llegó a un pueblecillo escondido en las montañas de Hidalgo, llamado Zacualtipán. Con el tiempo, este perdido rincón de la patria habría de calificar su labor de maestro y manifestar su gratitud, poniéndole el nombre de Prof. Conrado Espinoza a una de sus calles.

Este pueblo fue para el profesor Conrado Espinoza un imán irresistible que le disputó a Los Mochis, el cariño del maestro y el privilegio de su presencia física.

Encauzadas las labores en el pueblo, su superior lo envió al difícil estado de Tabasco, como inspector escolar encargado de buscar el equilibrio entre el magisterio y el difícil, escabroso carácter del gobernador Garrido Canabal. Tan disímbolos caracteres y encontradas ideologías, forjaron, no obstante, una increíble y sólida amistad, que a la postre determinó que el maestro salvara la vida.

El movimiento delahuertista que había conquistado la simpatía de muchos intelectuales la tuvo también el profesor Espinoza. Acatando órdenes del Centro, Garrido Canabal, fue implacable con los que había en su estado. En cambio maniobró para que el profesor Espinoza obtuviera pasaje en un barco que salía rumbo a París, con escala en Galveston, Texas.

El maestro que se dirigía a París, para cuyo viaje se había preparado lo mejor que pudo estudiando francés, por circunstancias especiales, no pudo seguir el viaje y se encontró de pronto en un país donde no conocía su lengua, porque nunca le había simpatizado. La necesidad de ganarse la vida y la imposibilidad de volver a México por su virtual exilio, le obligaron a conocer más al país, a sus gentes y  realizar las más diversas actividades, entre otras la de pintor, escritor y periodista.

Vivió en Houston, San Antonio, donde editó un periódico titulado El Quijote, posteriormente se trasladó a El Paso, buscando acercarse a su patria, empleándose como editorialista del diario La Prensa de El Paso.

Andanzas revolucionarias

El maestro Espinoza, personalidad independiente, perfeccionista, de rectitud intachable, fue, durante toda su vida, un luchador de oposición. Por lo mismo fue con frecuencia tachado de reaccionario,  por gentes que se atribuían una tendencia revolucionaria a la manera de nuestra política. Seguramente que la mayoría ignoró siempre que el maestro Espinoza tuvo más de revolucionario que sus detractores.

Antes de abrazar la carrera magisterial, siendo un mozalbete, de entre 17 y 20 años (1913-1916), se enroló en las huestes del Gral. Ramón F. Iturbe, con quien lo ligaban algunos lazos de afecto familiar. Con su tropa, donde alcanzó el grado de Mayor Pagador, recorrió Sinaloa y conoció por primera vez Los Mochis y a algunas personas a las que después trataría en forma más estrecha.

En el mismo ejército conoció a don Agustín Nicolás Airola, quien fue el conducto, para que se establecería posteriormente el contacto que lo trajo a dirigir ese brillante centro que se denominó, Centro Escolar del Noroeste.

 

Obra educativa

En los últimos años del decenio de los veintes, varias personas inquietas por el crecimientode Los Mochis, y la necesidad de facilidades de educación para las juventudes, planearon la creación de una escuela politécnica. (De ahí el nombre con que algunos designaban en sus primeros años al CEN).

En 1929 quedó constituida la Asociación Civil Fomentadora de la Instrucción y la Educación, dirigida por don Ignacio Gastélum, don Joaquín Olea y don Rosario Grijalva, como presidente, secretario y Tesorero, respectivamente.

La sociedad inició la construcción del viejo edificio del Centro Escolar, aun existente y lo terminaron en 1933; faltaba sólo quien dirigiera la escuela.

Don Agustín Nicolás Airola que tenía negocios aquí y había vuelto a ver al maestro Espinoza en El Paso, les recomendó a los fundadores de la sociedad que le escribieran ofreciéndole el cargo. En noviembre de 1933 se comunicaron con él y el maestro respondió mostrando su interés y ofreciendo venir a Los Mochis. Pasaron cuatro meses, y fue hasta abril cuando se presentó, se pone de acuerdo con la Sociedad y vuelve a El Paso, a liquidar sus pendientes. Volvió 3 meses después para organizar el ciclo escolar inmediato que inició el 12 de octubre de 1934.

Forja de hombres a través de los años

Se inicia así, todo un hito en la historia de la educación en Los Mochis y en el noroeste. Siendo la primera escuela secundaria del norte de Sinaloa y sur de Sonora. Se congregan aquí jóvenes de toda esa zona. La calidad de la enseñanza va más allá y el colegio atrae a jóvenes de otros lugares donde abundaban los centros educativos, como Hermosillo, Obregón, Guadalajara  aún México.

El desarrollo de la labor educativa es la historia misma del Centro Escolar, y por lo tanto motivo de otro escrito. Como lo es la vida del profesor Espinoza, a partir de esa etapa, tan llena de accidentes, provocados y aun creados por esa inconformidad permanente, por esa búsqueda constante de la perfección del hombre, de la juventud, como su más clara expresión de luchar por la patria a la que amó sin relumbrón, sin exhibicionismos, sino con un sentido real, claro, profundo. El Debate, 2 de marzo de 1997, Lorenzo Valdez López, Los educadores en la transformación social de Sinaloa, Historias de vida, Teodoso Navidad Salazar, 2017.

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