FELÍCITAS CRISÓSTOMO CRUZ (Educadora)

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Esta noble mujer, llegó al mundo, el 11 de octubre de 1880, en Tepeji del Río (de Ocampo), estado de Hidalgo. Sus padres fueron el Sr. Librado Crisóstomo y Canuta Cruz.  Nació justamente dos años después de que Porfirio Díaz conquistara el poder a través de una elección en la que ganó, con un 97% de los sufragios.

Su padre servía al ejército federal y esa situación obligaba a estar siempre dispuesto a partir hacia donde dispusiera la superioridad. De tal suerte que cuando Felícitas tenía tres años, junto con su madre tuvo que asentarse de manera obligada en Mazatlán, ya que la tropa, comandada por el coronel Sostenes Vega,  en la que estaba encuadrado su padre, fue comisionada para combatir la sublevación yaqui, en el estado de Sonora. Al pasar por el puerto, su padre decidió que su familia debía quedarse ahí, y no exponerla.[1]

Dos años más tarde, al estar en servicio en el puerto de Guaymas, solicitó su baja del ejército, retirándose con el grado de sargento 2°, el 2 de octubre de 1885, regresando a Mazatlán, a reintegrarse a su familia.

Entre 1886 y 1901, la familia Crisóstomo Cruz radicó en el mineral de El Rosario, donde ella estudió la primaria en la escuela Municipal de Niñas N° 3, que concluyó en 1895. Sus maestros que habían sido la señorita Manuelita Arzapala y Ramón Saavedra, al observar su inteligencia natural, la apoyaron con lecturas y asesorías con idea de que se inclinara por el magisterio; con los escasos libros existentes le orientaron para conocer métodos enseñanza de primeras letras, entre ellos, el Rebsamen analítico, sintético y onomatopéyico.

En 1897, el Sr. José Branchi (comerciante de origen genovés), solicitó a la jovencita Felicitas Crisóstomo, se hiciera cargo de la educación de sus hijas, con el visto bueno del maestro Saavedra; acción que Branchi, aprovechó para invitar a otras niñas vecinas, con quienes conformó un grupo de 16; habilitó parte de su casa en la que funcionó aquella improvisada primera escuela de carácter particular, que inició en el legendario mineral del sur del estado. Aquellas niñas eran hijas de familias que podían pagar, para recibir la instrucción de primeras letras, destacando los apellidos Branchi, Ibarra, Carricarte, Espinoza de los Monteros, entre otros. Felícitas recibió sus primeros pagos como aprendiz de maestra.

Durante el periodo 1899 a 1901, se desempeñó como maestra ayudante en el Instituto Benito Juárez, siempre bajo la tutela del maestro Saavedra, que procuraba se actualizara con buenas lecturas. Su dedicación le valió que el 16 de octubre de 1901, el gobernador Juan B. Rojo, la nombrara directora de la escuela Municipal de Niñas N°9, en Cacalotán, auxiliada por las Srtas. María C. Luna y Simona Carrillo. Ahí laboró hasta julio de 1908. En 1909, al fallecer su padre, la maestra se radicó en Mazatlán, desempeñándose como ayudante en el Liceo Niños, siendo directora la Sra. Alejandra Cázares de Valenzuela.

Para 1910, en pleno estallido revolucionario, se hizo cargo de la dirección de la Escuela de Niñas N° 2, situación interrumpida en junio de 1913, por el movimiento, agudizada con la muerte de Francisco I. Madero y José María Pino Suárez, 4 meses antes, por lo que retornó a Mazatlán, incorporándose al colegio del Sr. Felipe Valle, siendo director Arnulfo García, que había sido su maestro en cursos superiores.[2] Es importante destacar que en noviembre de 1911, a un año justamente de iniciado el movimiento armado en el país, la maestra fue nombrada directora de la escuela Elemental de Niñas N° 2, Independencia, en San Ignacio.

En la toma de Mazatlán, el 9 de agosto de 1914, cuando los revolucionarios pusieron sitio a la ciudad, la maestra jugó un papel importante como administradora del hospital de sangre; convocados por ella, se sumaron varios maestros y maestras voluntarios que participaron como improvisados enfermeros, atendiendo decenas de soldados que resultaron heridos. Por su participación humanitaria en dicho evento, Felícitas ganó el apodo de maestra revolucionaria.

En el periodo 1915 -1917, regresó a San Ignacio, laborando con grandes carencias debido a la falta de maestros y sueldos que no se pagaban, por la inestabilidad política y social que con motivo de la Revolución, mantenía a Sinaloa en el caos; además el edificio donde funcionaba la escuela oficial N° 2, era rentada y al no pagar, el propietario hizo desalojar la escuela; clausurada, maestros y alumnos se fueron a sus casas; ella regresó a Mazatlán.

Ya restablecido el orden constitucional con el Gral. Ramón F. Iturbe a la cabeza del gobierno de Sinaloa, inició el ciclo 1917-18, la maestra consiguió plaza de ayudante en el Colegio Sinaloa, donde laboró desde el 1° de octubre hasta febrero de 1918, con sueldo de 100. 00 pesos al mes.

Este último año, y apaciguado un poco el ambiente social, nuestro personaje regresó a San Ignacio para hacerse cargo, de nuevo, de la dirección de la escuela Elemental de niños, a solicitud del alcalde Juan Carranza. La constitución del 5 de febrero, de 1917, había decretado que las escuelas municipales pasaran a tutela del estado, por lo que el panorama, cambió un poco. Aunque con dificultades y trabajando horas extras para atender a todos los grupos, el ciclo escolar se llevó a cabo.

Aunque el Sinaloa vivió muy de cerca la etapa cruenta de la revolución, la labor social realizada por los maestros encabezados por Felícitas Crisóstomo, sólo se vio interrumpida en algunos momentos. Se realizaron actividades para comprar material didáctico y otras necesidades de la escuela. Se contribuyó con rifas y bailes y kermeses para la construcción de la plazuela de Coyotitán y San Javier.

Su labor en San Ignacio fue ardua. Gestionó la creación de la secundaria y mejoras para la comunidad. Formó equipo con las maestras Carmen Catalán, María C. Luna, María Sarabia, entre otras.

Muchas veces la maestra enfrentó las incidías y abusos de directivos del sector educativo, por no doblegarse ante ellos. Estuvo a punto de ser cesada junto con sus compañeras pero en una actitud valiente se rebeló ante la injusticia que se pretendía cometer y junto con ellas fue reinstalada apoyada por las familias de San Ignacio, que reconocían su gran obra a favor de la niñez y juventud de la región.

Fueron muchos los obstáculos a vencer, pero nada la detuvo en su tarea de educar. Algunas veces hubo que enfrentar la ingratitud de funcionarios que no entendían el sentido de la educación;  pero no se arredró ante esas circunstancias.

Llegado el Gral. Cárdenas del Río al gobierno de la república, con el sentido socialista de la educación, asistió a cursos para entender cuál era la esencia de esta tendencia y a cuanto curso pudo; leyó aquello que consideró pudiera serle útil en el desempeño de su profesión, estuvo en la ciudad de México en talleres y conferencias para elevar sus conocimientos.

Fue mujer de avanzada, conoció la doctrina de Carlos Marx y el pensamiento de Federico Engels; en 1935, asistió al 1° Congreso Socialista, donde se impregnó de estas corrientes filosófica y teorías económicas, sociales y revolucionarias.

Motivaba a sus compañeros a impartir una educación integral. Sus alumnos recibían instrucción académica, pero también se les enseñaba cocina, repostería, deportes, canto, juegos, arte dramático, dibujo, primeros auxilios,  así como hechura de sandalias, bolsas de ixtle y juguetes de arcilla, que tuvo el reconocimiento de altos directivos de educación.

Por intrigas propias de la condición humana, a partir del 31 de enero de 1936, la maestra fue suspendida de sus funciones como directora de la escuela oficial, dicha descendió de categoría a escuela elemental de primeras letras; al frente de ella, fue nombrada la maestra Carmen Catalán de Salcido; fue duro golpe para la maestra que había dejado gran parte de su vida en levantar aquella casona, convirtiéndola en espacio confortable con vegetación exuberante destacando árboles frutales y plantas de ornato. Ese retroceso, fue terrible para el ánimo de la cansada maestra que sintió que la vida se le escapaba en pedazos.

Enferma y lastimada en su amor propio, se vio en la necesidad de solicitar una licencia  y no superada su enfermedad logró su jubilación, gracias a la intervención de los diputados José Simental y Roberto Lizárraga, que conocían la amplia trayectoria de aquella mujer, que había trabajado en Escuinapa, Rosario y Mazatlán. Dicha pensión le fue concedida sin presentar documentos ya que nunca logró titularse; la aprobación consta en el decreto fechado  el 30 de enero de 1937 y publicada en el Periódico Oficial del día 6 de febrero de 1937, con sueldo de 120.00 pesos y poco antes de su muerte se había elevado a $ 250.00.

La maestra jamás se casó; sus hijos fueron aquellos cientos de niños y niñas a los que tuvo oportunidad de educar, gozó de alta estima de familias con las que vivió; por ejemplo en Rosario, fue protegida por la familia conformada por los esposos Antonio y María Murúa Bouthier; en Escuinapa por don Ismael Díaz y su esposa; en San Ignacio por la señora Petrita Pompa, viuda de Guevara; allí mismo y al final de su vida, vivió con la familia Velázquez Chavarín.

[1]Los educadores en la transformación social de Sinaloa; historias de vida. Teodoso Navidad Salazar, Ed. Secretaría de Educación Pública y Cultura del Gobierno del Estado, 2014.

[2]Memorias de Felícitas Crisóstomo, que conservó la familia Velázquez Chavarín, con quien la maestra pasó los últimos años de su vida, y que puso en manos del cronista de Culiacán, Luis Antonio García Sepúlveda y que hizo público (en Facebook). Los educadores en la transformación social de Sinaloa, Historias de vida, Teodoso Navidad Salazar, 2017.

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