GRACIELA MONTAÑO MÁRQUEZ (Educadora)

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Platicar con la maestra Graciela Montaño Márquez siempre fue agradable. Era recordar los días felices en las aulas de la Escuela Normal de Sinaloa; remontarnos a la asesoría previa a la práctica docente en comunidades de Sinaloa y a las que íbamos convencidos de que no debíamos fallar. Los consejos prácticos recibidos de tan brillante asesora eran nuestro mejor escudo al enfrentarnos a lo que más tarde sería nuestro destino.

Me parece verla aun con aquel tipo de falda de medio paso y su suéter azul o negro que le sentaban muy bien. Yo la veía como una maestra vigorosa, como esas personas que siempre tienen que agradecerle algo o mucho a la vida. Llegaba siempre temprano y para todos tenía siempre el saludo afectuoso. La recuerdo como una maestra formal en su trato con sus compañeros y alumnos, siempre con la mejor de sus sonrisas al emprender el día; caminando por los pasillos de la Escuela Normal de Sinaloa con sus libros, cuadernos de notas o material didáctico para apoyar mejor sus cátedras y siempre seguida por sus alumnos que entre bromas y risas iniciábamos la clase siempre amena. No creo que alguien haya tenido queja en su trato o por la manera de impartir sus clases.

Al encontrarle después de muchos años, la observé fuerte, con esa sonrisa tan suya, superando un antiguo problema de salud, del cual, al decir de los médicos, tenía pocas posibilidades de vida. Su fe había sido inquebrantable para remontar esa circunstancia difícil. Debo decir que hoy como ayer, su presencia imponía respeto.

Al iniciar la charla bajo la fronda de los árboles frutales del patio de su casa paterna le vi contenta, con ganas de vivir y de hacer mil cosas en esta nueva etapa de maestra jubilada. El tono de su voz como siempre, modulado; el movimiento de sus manos, la expresión de su rostro moreno y su mirada profunda me hicieron sentir como si volviera a ser de nueva cuenta su alumno. En ocasiones de entrevistador pasé a ser entrevistado, y así conversamos por espacio de dos horas, mitigando nuestra sed con agua de limón, producto de los árboles de su huerta.

La maestra Graciela nació el 12 de enero de 1938, en Bariometo, una comunidad perteneciente a la entonces ala sindicatura de Navolato. Su llegada a este mundo se dio justo el año en el que el reparto agrario cardenista, en la región del Valle de Culiacán, tuvo su etapa más álgida y se expropió el petróleo a las compañías extranjeras. Sus padres fueron Pedro Montaño González y Dora Márquez de Montaño. Tuvo diez hermanos: Dora Elena, Enrique, Pedro, Francisco, Humberto, Lilia, Alicia, Jesús Antonio, Salvador y Jorge.

En esa charla me comentó que llevó a cabo sus estudios de párvulo en la escuela de dicha comunidad y que por razones de trabajo su familia se trasladó a Culiacán, ingresando a la primaria Josefa Ortiz de Domínguez, donde estudió hasta el quinto grado, concluyendo su primaria, en Navolato.

Nuestra charla se vio amenizada por una orquesta de pájaros escondidos en las copas de los árboles frutales de la casa paterna. La maestra se veía contenta. Recorrió las páginas de su fructífera vida, deja volar libre el pensamiento para encontrarse con los recuerdos; se regresó y comparó aquellos juegos con los de hoy, mencionó La matatena, El coyote, El matarile, El cinto escondido, Los encantados, La rabia, entre otros, que lejos de limitar despertaban la imaginación del niño y el adolescente al hacer de cualquier cosa, un instrumento de juego.

Comentó que desde pequeña surgió en ella la inclinación por el magisterio… al terminar el sexto grado llevé a cabo mis prácticas, observando y empecé a impartir clases a los catorce años logrando tener su plaza siendo una quinceañera.

Señaló que se inició como maestra en 1954 en una escuela por cooperación en la comunidad de Los Ángeles, perteneciente a la sindicatura de Navolato, con un sueldo de ciento veinte pesos, mismo que era aportado por partes iguales por el gobierno y la comunidad. Primero y segundo fueron los grupos a los que hubo que atender.

Fui una mujer muy audaz– señala nuestra entrevistada en tono serio- siempre andaba buscando libros en que apoyarme, ya tenía la experiencia de haber observado en el aula a la destacada maestra Conchita Galindo con su grupo de primer año, esto me ayudó mucho. Pregunté a aquellos maestros que ya tenían tiempo trabajando y sus consejos y sugerencias fueron un aporte de gran valor en la búsqueda de mejores estrategias para sacar los grupos adelante. Poco a poco fui recorriendo todo el escalafón desde maestra por cooperación y maestra rural.

Al año siguiente recibí instrucciones para ubicarme en el campo pesquero Dautillos, después pasé al ejido 5 de Mayo, luego a Baricueto; en esta última comunidad recibí la invitación de la profesora Lucila Achoy, para formar parte de la planta docente de la escuela Benito Juárez, donde yo había concluido mi educación primaria.

Sonríe mostrando sus blancos dientes y luego me pregunta. No obstante haber sido yo su alumno, sin tutearme me pregunta ¿Cómo ve maestro? Sigue siendo la maestra respetuosa de todos. Yo sonreí,  sin contestar la pregunta, dándole tiempo a que continuara su relato.

Luego expresó, con expresión alegre. Fue un verdadero compromiso, un verdadero acto temerario; volver a donde yo había terminado mi sexto año y realizado mis prácticas para iniciarme en el magisterio. En la formación docente de Graciela Montaño, influyeron mentores de la talla de Rosalba Achoy, compañeros como Yagna Ocio, Amparo (su hermana), Cuquis, Dámaso Grave Gallardo, Enrique Tejeda, un muchacho muy listo y dedicado, entre otros.

En 1962 logró titularse con mención honorífica en el Instituto Mejoramiento Profesional. Al año siguiente con nombramiento de directora llegó a la escuela Pablo Macías Valenzuela, de la sindicatura de Costa Rica. Sólo por una semana laboró en la escuela Dr. Ruperto L. Paliza, en la ciudad de Culiacán, pues la superioridad dispuso que pasara a prestar sus servicios por tres ciclos escolares a la escuela Anexa a la Escuela Normal de Sinaloa.

El entonces director de la Escuela Normal de Sinaloa, Santiago Zúñiga Barrón la invitó a colaborar en esta institución forjadora de docentes y la maestra Montaño aceptó; para ese entonces estaba por terminar su licenciatura en pedagogía y otra en literatura en la Escuela Normal Superior de Nayarit.

Se le asignaron los grupos de segundo y luego tercero impartiendo técnicas de la enseñanza.

Al suscitarse algunos problemas en la Escuela Normal de Sinaloa, la maestra Montaño fue ubicada en el Departamento de Investigación Pedagógica de la entonces Dirección de Educación, presidida por el licenciado Marcos Ramírez. Ahí laboró durante dos años.

Al regularizarse la situación en la Escuela Normal y siendo director el maestro Reinaldo Castro Bejarano, regresó a su verdadera pasión: el aula, con los muchachos, para impartir didáctica especial, enseñanza de la lecto-escritura y las matemáticas. Cabe destacar que Montaño Márquez  fue siempre una mujer de avanzada, buscó siempre innovar en el campo de la educación para llevar mejores estrategias al terreno del aprendizaje de las materias que impartía, motivando a los alumnos a reconocer sus propias capacidades. Impartió y participó en diplomados, cursos y seminarios siempre con ánimo de contribuir al mejoramiento profesional de alumnos y maestros.

Obtuvo el primer lugar en los primeros Juegos Florales del magisterio, en el género de ensayo. Recibió la medalla al Mérito Magisterial Rafael Ramírez; al cumplir 34 años dedicados a la educación sus compañeros y alumnos le tributaron un sentido homenaje que es, a decir de ella, fue el mejor reconocimiento que lo hace a uno ser y sentirse maestro.

Su obra poética y sus vivencias han sido recogidas en el libro Jirones de vida, editado en 1998.

Graciela Montaño Márquez insigne maestra que contribuyó en la forja de muchas generaciones de profesionistas y gente de bien, tiene ya un lugar en la galería de maestros de Sinaloa, y su nombre se guarda en el imaginario de centenas de jóvenes de la época, que tuvimos la fortuna de ser sus alumnos. Los educadores en la transformación social de Sinaloa, Historias de vida, Teodoso Navidad Salazar, 2017.

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