JOSÉ GUADALUPE GARCÍA HERNÁNDEZ (Educador)

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Algo que siempre caracterizó al maestro, era el tono paternal con que se dirigía a sus alumnos o a los que alguna vez lo fueron, siempre con la sonrisa a flor de labios. Impecablemente vestido con sus zapatos tipo botín siempre lustrados, fue el prototipo del maestro ideal. Lo recuerdo en su Dodge Dart, rojo, llegando puntual a la Escuela Normal de Sinaloa cada mañana. Todos aseguraban que era muy buen maestro, preparado y accesible, la muchachada lo seguía siempre, ya fuera para alguna consulta (principalmente los de tercer y cuarto que realizaban sus prácticas docentes en la comunidad), bajo su asesoría, o para sentir esa vibra y ese entusiasmo que siempre irradiaba.

El maestro Guadalupe por supuesto, se dejaba querer; y es que no era difícil para él, hacer amigos. Los de primer año sin ser sus alumnos, recibíamos igual trato. Cuando no teníamos alguna clase nos gustaba atisbar por las ventanas para verlo dar la asesoría a los grados superiores y al saberse observado por nosotros sonreía, sintiéndose halagado.

Al ingresar al tercer año constaté lo que de él se decía. Lo recuerdo muy correcto al iniciar la clase. Sin llegar a la solemnidad se imponía ante el grupo. Algunos compañeros que en otras clases la hacían de chistosos o se querían pasar de listos, con otros maestros, ante su presencia, su voz modulada y expresión respetuosa, guardaban compostura permitiéndole iniciarla clase; característica su expresión…muchachos la clase anterior comentábamos…. Eso hacía que cesara cualquier charla entre los alumnos; se respiraba ambiente de tranquilidad, la hora transcurría sin sentir. Como en las mejores películas, mantenía al espectador al filo de la butaca, es decir, interesado en el tema pues sus explicaciones y exposiciones eran más que objetivas; al preguntar era muy concreto, sus comentarios amenos, ágiles y animados. A menudo comentaba que era necesario leer de manera constante. Siempre en tono paternal  aconsejaba…todolo que les llegue a las manos por favor léanlo muchachos.

En agosto de 2002, lo encontré en el patio del Ayuntamiento de Culiacán y me pareció como siempre jovial. En su trato no percibí nada distinto. El saludo como siempre fue ¿cómo estás hijo? Le hablé de mi trabajo y de mi interés por escribir algo sobre su trayectoria magisterial a lo que accedió con una expresión de sincera modestia: qué puedes escribir de mí que valga la pena muchacho.

De José Guadalupe García Hernández, podemos decir que nació en la comunidad de El Salado, perteneciente al municipio de Culiacán, el 25 de diciembre de 1942. Sus padres fueron Alejandra Hernández y Fidel García, ambos hijos de familias fundadoras de esa cabecera de sindicatura. Tuvo 9 hermanos a saber: Leonardo, Rosario, Fidel, Angelita, Rosa, Eloísa, Santiago, Loreto y Valentina. De todos ellos sólo José Guadalupe incursionó en la docencia.

Estudió hasta el quinto grado en la escuela Dr. Manuel Romero, del mencionado poblado y concluyó el sexto grado en el internado infantil del Estado. En esa entrevista el maestro Guadalupe me comentó… mi familia fue como el grueso de las familias pobres de la época, sé vivía con muchas necesidades. Mi padre fue un hombre dedicado a las labores propias del campo, educado a la vieja usanza, en la cultura del patriarcado. Siempre decía la última palabra y se le respetaba. Es más debo decirte que mis hermanos, ya casados le tomaban parecer para tomar alguna determinación; y que decir de mi madre, ella lo quería mucho.

Maestro ¿cómo se inclinó por el magisterio?

Mira, al terminar el quinto año, recuerdo que aunque era muy pequeño, ya tenía metas. En mi mente quedó muy grabado la forma de trabajar de la maestra Celia Zúñiga de Vega: me cautivó, me impresionó su estilo, su manera no sólo de tratar a los alumnos sino cómo daba la clase. Mi alma de niño la idealizó y hoy a tantos años de distancia pienso que esa maravillosa mujer fue una maestra de avanzada en el campo de la didáctica, y de la psicología.

José Guadalupe fue un chamaco como todos, a veces un poco introvertido pero siempre se distinguió de sus compañeros por sus calificaciones. Al inscribirse en el Internado Infantil del Estado como alumno externo, confirmó su ideal y su deseo: ser maestro. Frisando los 16 años concluyó su primaria y se inició en el magisterio en 1961 y con el ánimo de prepararse, se inscribió en el Instituto Federal de Capacitación del Magisterio, donde realizó estudios de secundaria y profesional, titulándose en 1968. Fue condiscípulo de la desaparecida cantante Amparo Ochoa, de quien afirma, fue una magnifica alumna y una mejor amiga. Recordó que en la fiesta de titulación organizada por su padre (para entonces había fallecido doña Alejandra su señora madre), la desaparecida cantante sinaloense cantó dejando grata impresión en la concurrencia. El hecho de titularse fue un acontecimiento ya que de su familia, ni nadie en El Salado, había realizado estudios profesionales.

Luego nos confió que fue en la comunidad de Copaco, perteneciente a la sindicatura de San Lorenzo, donde hizo su debut como maestro rural durante dos años.

En buena hora llegué a esa comunidad. Me trataron como en mi casa – dice el maestro Guadalupe-. No obstante ser un chamaco, se me respetaba como lo que era: el maestro de la comunidad. Aquello era como tener un poder en tus manos, la gente te preguntaba, te consultaba, y yo me sentía importante. Ahora analizo que no merecía tantas atenciones, porque fíjate, que un padre te llevara a sus hijos y te dijera ahí se los encargo con todo y nalgas, era una confianza plena en el maestro.

Creo que fueron dos ciclos escolares maravillosos. Se construyó la escuela y tuve el atrevimiento de invitar al presidente municipal, que en ese entonces era don Amado Estrada Rodríguez para que la inaugurara. Fue una fiesta, un gran acontecimiento. Se iniciaron los preparativos y la gente participó con mucho entusiasmo, se limpió la comunidad, se pintaron fachadas, se pintaron los árboles, se pusieron piedras a la orilla del camino que se arregló con barras y palas, se hizo un festival sencillo, pero que para la comunidad fue lo nunca visto y se hizo comida para todos los invitados.

El presidente municipal también estuvo muy motivado y al término del evento me dijo – quiero verlo en mi despacho el lunes próximo-. Fui a verle como lo había indicado y la pregunta fue, a dónde quería cambiarme. Esto a la gente no le gustó.

Te quiero aclarar que mi situación laboral era una especie de maestro alfabetizante, era por cooperación yo ganaba 120 pesos mensuales que se pagaban cada cuatro o cinco meses y la comunidad tenía la obligación de proporcionarme alimentación, hogar y 20 pesos. Ese era el compromiso y la gente lo cumplía. Entonces la comunidad no quiso el cambio. Pero claro fue una disposición de la autoridad que en ese momento me elevaba a la categoría de maestro municipal.

Fui ubicado en la comunidad de El Salado, en una escuela de la zona escolar del maestro Traslaviña. Imagínate, de la noche a la mañana me hice rico. De una quincena para otra estaba percibiendo 600 pesos de aquéllos, y para un muchacho de 18 años, surgido de la pobreza, claro que era demasiado.

En El Salado, me encontré con maestros que me habían dado clases, con padres de familia que habían estado en la primaria conmigo Eso fue para mí un reto. Porque llegaba a mi pueblo y, eso era algo muy serio. Ahí estuve cinco años frente a grupo y posteriormente asumí la dirección de la misma escuela. Estamos hablando del año de 1968 recuerdo que ya estaba por titularme en el Instituto Federal de Capacitación del Magisterio.

El 11 de diciembre de 1974, llegué a Culiacán a la escuela Enrique Félix Castro, en la colonia El Palmito, pero como maestro de grupo. Al día siguiente como tú sabes era día de mi santo y cuál no sería mi sorpresa, que los alumnos me obsequiaron tomates y pepinos, fue un gesto que me impresionó mucho, porque las condiciones de pobreza en que vivían las familias no fueron obstáculo para que los niños me demostraran su aceptación.

Ese material humano es el que el maestro debe valorar porque trabaja con los sentimientos del niño que, es como una esponja, todo absorbe, algo muy delicado. Recuerdo que andaba muy de moda los chicles Cambuble y el refresco Fanta de uva y los niños me surtieron. Aquello era para cimbrar al más insensible. Ante esta situación no tienes más que entregarte también como ellos lo hacen.

Más adelante el maestro Guadalupe comentó: Cierto día, estando en mi grupo, llegó el director de la Escuela Normal de Sinaloa, que, en ese entonces era Ricardo Vega Noriega informándome sobre la oportunidad de un interinato para la materia de didáctica especial en esa institución, Antonio Zazueta era el Director de Educación Pública,y el profesor Pedro Muro Patrón, subdirector.

Para ese entonces había terminado la licenciatura en la Universidad Autónoma de Guerrero, yo la verdad no sabía la dimensión del compromiso, y de entrada no acepté, pero a insistencia de la profesora Manuelita Nava y del profesor David Rubio Gutiérrez, accedí. Te estoy hablando del 19 de febrero de 1975.Cumplido el interinato fui ubicado en la escuela del ejido El Barrio, ese mismo año regresé a la Escuela Normal de Sinaloa para impartir ciencias de la comunicación; después Análisis de programas de libros de texto gratuito y posteriormente asesoré a los muchachos en su examen recepcional, cumpliendo 18 años de manera ininterrumpida en la Escuela Normal de Sinaloa, en 1992 me jubilé.

En la Escuela Normal de Sinaloa, el maestro García Hernández compartió experiencias y responsabilidades con otros destacados educadores como Agustina Fajardo Lomas, Avelina Díaz Reyes, Graciela Montaño, Roberto Juárez, Ángel Zepeda, Abraham Heredia, sólo por mencionar algunos y que habían sido sus compañeros en el Instituto.

Con el tiempo la Escuela Normal de Sinaloa abrió la posibilidad de que sus egresados se ubicaran a trabajar con grupos integrados, en preescolar. José Guadalupe y Magdalena Ramírez fueron seleccionados para recibir cursos en la ciudad de México, a fin de capacitar a los egresados que habían solicitado atender grupos integrados con la teoría psicogenética de Jean Piaget, que daba sustento teórico al proyecto-fue una experiencia extraordinaria- comentó el maestro Guadalupe.

Conánimo de superación cursó postgrado sobre Niños con problemas de aprendizaje, en La Habana, Cuba, amén de cursos y diplomados tomados en distintas universidades locales y otros estados, buscando siempre dotar a sus alumnos de herramientas necesarias para enfrentar el gran reto que representa el proceso enseñanza-aprendizaje.

En esa charla Hernández García comentó que el maestro debe dosificar los contenidos del programa, no cargar al alumno de tareas porque eso refleja angustia en el maestro, denota retraso en el logro de los objetivos. Una enseñanza debe ser constante porque un aprendizaje arrebatado no sirve.

De la trayectoria profesional de este destacado mentor se pueden escribir muchas páginas o mejor dicho, él, las ha escrito en 40 años de servicio a la educación, ya que en cada alumno, en cada generación dejó huella y ejemplo, con su dedicación y pasión por la carrera de educador. Los maestros en servicio que recibieron la simiente de sus enseñanzas son prueba plena de que su esfuerzo al servicio de la educación fue productivo; por ello su labor ha sido reconocida en el ámbito local y nacional, claro, sin olvidar las máximas preseas Rafael Ramírez e Ignacio Manuel Altamirano, que se otorgan al Mérito Magisterial por los 30 y 40 años de servicio, el gobierno del estado y el gobierno federal, respectivamente.

Guadalupe García Hernández como su maestra de primer año, Celia Zúñiga de Vega, fue  un hombre de avanzada en el ámbito de la educación, su pasión fue ser maestro y lo demostró después de cuatro décadas de ejercicio educativo, compartiendo sus conocimientos en la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Culiacán, con otros docentes que buscaban afanosamente no rezagarse, pues la sociedad siempre espera lo mejor de sus maestros. Los educadores en la transformación social de Sinaloa, Historias de vida, Teodoso Navidad Salazar, 2017, (Entrevista realizada en mayo de 2000)

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