JOSÉ RUBÉN IBARRA MEDINA (Educador)

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La entrevista se realizó en la sala de su casa en Culiacán. Luce un pantalón negro y camisa azul tenue. Su voz es pausada, agradable y modulada. Mientras le escucho, me parece que verle frente a sus grupos explicando la clase.  Mira de frente a su interlocutor. Sus ojos claros reflejan tranquilidad. Es un hombre respetuoso, de finos modales y ávido lector.

Después de un sorbo de agua, comentó que nació el 15 de diciembre de 1941, en Laguna de San Pedro, hoy municipio de Navolato. Que inició sus estudios en su comunidad natal y los concluyó en la escuela Ruperto L. Paliza de Culiacán. Me dijo que los estudios de secundaria los llevó a cabo en la escuela Normal de Sinaloa y que de ahí saltó a la docencia, pero que no fue hasta 1965 cuando se tituló como maestro en el Instituto Federal de Capacitación del Magisterio. Más adelante realizó estudios en la escuela Normal Superior de Nayarit, donde se tituló como licenciado en educación media, en la especialidad de Lengua y literatura, en 1972. En esta última especialidad encontró otra de sus pasiones: la poesía y el amor por la literatura, en todas sus manifestaciones.

Sentado cómodamente en un sillón, me comentó que tuvo su primera experiencia como titular de grupo, en la comunidad de Portugués de Norzagaray, municipio de Sinaloa, en 1958 (años después laboraría en Llano Grande, de la misma municipalidad). Pasaría después a La Palma y Charay, municipio de El Fuerte. Luego sería adscrito a la comunidad de El Molino de Sataya y posteriormente a la Colonia Michoacana, que entonces pertenecían al municipio de Culiacán (hoy municipio de Navolato).

Observé al destacado maestro, hurgar en sus recuerdos, para luego hilvanar sus vivencias obtenidas en las escuelas Club de Leones N° 1, de la colonia Ejidal, así como en las primarias Benito Fentanes, en la colonia Las Huertas; Ignacio Zaragoza, en la colonia ampliación Lázaro Cárdenas, en la capital del estado, donde obtuvo la categoría de Sub- Director, por méritos propios.

Sonriendo emocionado, comentó que regresó al municipio de Navolato, a la sindicatura de San Pedro, donde se desempeñó como maestro de la escuela secundaria Federal N°2. Estabaconvencido de que la educación es parte nodal en el desarrollo de los pueblos, por ello impulsó la fundación de escuelas entre las que destacaron la secundaria y preparatoria en la sindicatura de Aguaruto, y en las que impartió cátedra de manera gratuita, acción que enalteció su trayectoria. En aquella entrevista realizada aquella noche en su casa, me confió que en el magisterio encontró la verdadera razón de ser…la satisfacción de sentirme útil y la oportunidad de realizarme como ser humano y como profesionista. No acumulé fortuna alguna, pero me enriquecí espiritualmente al ver la respuesta de la gente del pueblo que, con diferentes muestras de agradecimiento, reconocía mi esfuerzo de humilde maestro rural.

Más adelante el maestro Ibarra, recordó la forma en que fue recibido por los moradores de la comunidad de Llano grande, municipio de Sinaloa, donde laboró cinco ciclos escolares. Rememorando aquellos lejanos tiempos, narró con emoción que…fue un día de fiesta para los habitantes pero a mí me dejó marcado para siempre. Verdaderamente me sentí realizado como profesor. Me gané el corazón de las gentes y de todos aquellos niños a los que tuve la oportunidad de impartir clase.

Respira profundo, bebe un poco de agua, mira hacia la ventana para ocultar sus ojos claros, empañados por la emoción y luego continúa…esas muestras de afecto de esa gente sencilla y humilde con la que conviví durante un lustro me llenaron de júbilo. Esa es la recompensa a mis sacrificios y privaciones que viví durante mis recorridos por las comunidades donde presté mis servicios.

Debo señalar que mi cercana relación con su familia me dio la oportunidad de tratarle y comprobar que fue un ser humano de excepción. Padre y esposo amoroso; hombre comprometido socialmente que dejó el mejor ejemplo a sus hijos y nietos.

El destacado y muy querido maestro falleció el 16 de junio de 2006. Su muerte consternó a amplios sectores del magisterio ya que fue un hombre que honró su profesión y a los amigos. Fue un excelente ser humano; magnífico orador y poeta.

Su partida nos recuerda la fragilidad del ser humano. Ya no escucharemos su voz profunda, modulada agradable, declamando el poema Madre, que le mereció reconocimiento de propios y extraños; pero nos dejó su obra, en la forja de nuevas generaciones de ciudadanos que lo recuerdan tal y como era: un hombre serio, responsable, pero también con la broma cuando el momento era oportuno.

Su voz modulada tantas veces escuchada en los festivales escolares, el día del maestro, o en reuniones familiares, se fue para siempre; pero su obra perenne como la hierba, está en cada niño en cada joven al que tuvo oportunidad de tratar a través de sus cátedras, porque supo ser amigo de sus amigos y amable, presto para conquistar a sus nuevos interlocutores. La muerte interrumpió su recorrido cotidiano por la calle Antonio Rosales, desde el Centro de Idiomas de la Universidad Autónoma de Sinaloa (donde laboraba), rumbo a la plazuela Obregón, en cuyas bancas se solazaba leyendo o charlando con otros amigos, que como él, disfrutaban los bellos crepúsculos de este Culiacán nuestro. Los educadores en la transformación social de Sinaloa, Historias de vida, Teodoso Navidad Salazar, 2017.

 

 

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