MARÍA MAGDALENA ALMARAL SÁNCHEZ

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El maestro debe cuidar con esmero ese material humano con que trabaja. Nuestra labor es muy delicada -expresa María Magdalena Almaral Sánchez, maestra a los 15 años por decisión propia. Nuestra entrevistada es una mujer de aspecto agradable, viste con sencillez y luce muy bien; su charla tiene un ritmo que conjuga con el movimiento de sus manos. Sus ojos vivaces se mueven constantemente, como buscando siempre algo en el ambiente que la rodea, tal vez la respuesta a las preguntas hechas.

Su voz es clara. Trata de desenvolverse con naturalidad, aunque percibo en ella un poco de nerviosismo; pero a medida que nos adentramos en la entrevista va dejando a tras la tensión. Respira profundo y se frota las manos. Hilvana los recuerdos y de manera ordenada los narra. Señala que nació el 18 de julio de 1949, en la comunidad de Oso, Quilá, Sinaloa. Sus padres fueron el maestro José Jesús Almaral Delgado y Victoria Sánchez Pérez (finados).

Creció entre libros, niños y los salones de clase donde su padre laboraba, observando a los maestros en su actividad diaria. Consideró que ese primer contacto, fue determinante para que ella, y sus hermanas, se inclinaran por la docencia. María Magdalena es  la mayor de siete hermanos a saber: Gloria Armida,  Amalia, José de Jesús, Jorge Luis, Juan Antonio y David Enrique, toda gente de bien y de trabajo.

Fui educada en el seno de una familia modesta, donde no obstante que mi padre era maestro había necesidades y algunos apuros. Por lo que respecta a mi infancia creo que fui feliz. Mi madre era una mujer estricta, pero muy buena. Siempre estaba al pendiente de nuestras tareas y nuestra disciplina, aunque tuvo poca instrucción escolar, supo conducir a la familia, pues era con ella con quien más convivíamos ya que mi padre pasaba más tiempo en la escuela, no obstante, siempre nos demostraba su cariño. Fue un hombre maravilloso y nobles sentimientos.

Mi infancia fue como la de todos los niños de la época, entre juegos y vivencias con mis hermanos.Había restricciones, pero llevaba magnífica relación con mis papás. Nos enseñaron el valor de la unidad familiar, crecimos siempre unidos, hasta la fecha, eso siempre lo voy a agradecer.

Nuestra entrevistada realizó estudios de secundaria en la escuela Emilia Obeso y de normal en el Centro de Mejoramiento Profesional del Magisterio. En 1964 logró la plaza como maestra municipal, ubicándosele, en El Limón de Los Ramos.

Fue una etapa de experiencias inolvidables, ya que a mi edad me fue fácil integrarme a los niños y a la comunidad. Me sentía niña, porque jugaba con mis alumnos como si hubiera sido una más del grupo – dice María Magdalena, mientras sonríe, para después beber un poco de café de una taza verde.

El director era el profesor Guadalupe Velásquez, de quien siempre recibí orientación y afecto. 120 niños de primer año me recibieron en esa comunidad. El apoyo del director fue determinante para enfrentarme a ellos; en enero, la Dirección de Educación envió a otra maestra y juntas salimos adelante con aquel mundo de muchachos. Claro que tuve problemas para avanzar, no fue nada fácil, pero mis compañeros no me dejaron sola. Trabajé cuatro años en ese lugar. Con ese nombramiento laboré durante 14 años hasta obtener plaza como maestra estatal.

Trabajé en Costa Rica, ejido Tierra y Libertad, Álamos, Mezquitillo la Curva, ejido El Sinaloense y San Lorenzo, todos estos lugares pertenecientes al municipio de Culiacán. Para el año de 1979, en que terminé mis estudios en el Centro de Capacitación Magisterial, me fue otorgada la plaza como maestra del estado.

En 1988, se me ubicó en la escuela Josefa Ortiz de Domínguez turno vespertino, de la ciudad de Culiacán, que es donde ahora estoy trabajando. Creo que aunque mi deseo era estudiar medicina, no equivoqué, porque al primer año de servicio, me di cuenta que la verdadera vocación estaba en el magisterio. Y la prueba está hecha, porque me siento orgullosa de ser maestra, de que me encuentren mis alumnos y me saluden; eso me  hace sentir bien, y confirmar que no fallé. 

Añoro esos años porque se trabajaba de manera distinta. Vivíamos en la comunidad, gozábamos del respeto y reconocimiento de los niños y padres de familia. Las festividades escolares eran muy lucidas gracias al equipo que hacíamos padres, niños y maestros. Recuerdo los talleres de orientación organizados por los inspectores escolares, impartidos por otros maestros; eran convivencias muy bonitas, porque se intercambiaban experiencias con otros compañeros; las comunidades recibían con agrado estos eventos y se desvivían en atenciones para los maestros invitados.

Nuestro personaje, contrajo matrimonio a los 27 años, con Loreto Tapia Ayala, originario de la comunidad de San Lorenzo, procreando a Jesús Alberto, Luis Antonio, Alma Rosa y Víctor Ignacio. Juntos lograron hacer de ellos, ciudadanos de bien, inculcando siempre valores de respeto y honestidad.

La maestra María Magdalena, considera que muy importante que los padres no dejen solos a los hijos. Es necesario – dice- estar al pendiente de lo que hacen, a qué hora llegan y cuáles son sus amistades. Se puede hacer mucho con los niños si los padres colaboran. Inculcar valores es determinante a temprana edad. Afirma que deben dejar las prisas, dedicarles más tiempo; eso permitirá conocerlos mejor.

Consideró la maestra que las autoridades deben intervenir para regular los programas y los horarios de televisión, donde los niños tengan oportunidad de aprender y aprovechar en ese sentido, programas televisivos, que eduquen, que enseñen valores, buenas costumbres y alejen la violencia del hogar.

Debemos trabajar maestros, padres y sociedad en general para que las futuras generaciones sean mejores. Debe quedar de lado lo material y darle más importancia a lo afectivo, así tenemos que premiarlos. Haciéndoles ver “el valor que representa ser honrado y  servicial.

Señaló –es necesario que tengamos más lectores. Los maestros no deben olvidar su vocación, deben leer junto con los alumnos y los padres con los hijos.

Todos estos conceptos son vertidos por la maestra María Magdalena con mucha emoción, con la esperanza puesta en un mundo mejor, donde la gente se respete a sí misma y a los demás, sólo así, expresa, podremos aspirar a ser mejores hombres y mujeres.

Han sido cuarenta años y se han ido muy rápido, señala nuestra entrevistada.  Pensó en el retiro para 2007. Se siente bien y considera que puede dedicarse a otras cosas, disfrutar más a los hijos y a los nietos, después de haber cumplido su compromiso laboral. Por su trayectoria ha recibido innumerables distinciones reconocimientos, diplomas y las medallas al Mérito Magisterial Rafael Ramírez e Ignacio Manuel Altamirano, que son su orgullo y la prueba más fehaciente de que no falló en la elección de haber sido maestra. (Entrevista realizada en 2003),Los educadores en la transformación social de Sinaloa, Historias de vida, Teodoso Navidad Salazar, 2017.

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