MIGUEL CRISTO ONTIVEROS (Educador)

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(Semblanza)

Nació en El Rosario en las postrimerías del siglo XIX; su padre fue Brígido Ontiveros, de oficio cargador a quien apodaban El Burritas. Tuvo sólo una hermana: Damiana, que fue también maestra y falleció muy joven.

El maestro Ontiveros ejerció el oficio de sastre en su temprana juventud, siendo oficial en la sastrería de Pascual Ledón. Sin embargo su notable inteligencia y su amor por el estudio así como su carácter indómito, lo llevaron a convertirse en autodidacta de insaciable apetito por saber y ello hizo que se fijaran en él, para nombrarlo maestro en la escuela Oficial N° 1 Lic. Benito Juárez, en el antiguo mineral de El Rosario, en 1920, donde laboró casi diez años; primero bajo la dirección del profesor Salomón Pérez y luego del maestro Julio Hernández, bajo cuyo amparo y guía tuvo su introducción a la pedagogía y amplió su cultura y sus conocimientos docentes que le valieron nombramiento de director de la escuela de niños de Chiametla.

Casó con la bella dama Aurelia Echeagaray y habiéndose trasladado el matrimonio a Culiacán procrearon tres hijos cuyos nombres hablan con la mejor elocuencia del carácter independiente del maestro Ontiveros: Luchar, se llamó el primero; Ideal, el segundo y Nihil, el tercero.

En la capital del estado continuó su labor en la enseñanza y adoptó la doctrina socialista después de ser ya un manifiesto libre pensador, cosa muy natural habiendo sido discípulo de Julio Hernández.

Sin embargo, es pertinente aclarar que su posición no era demagógica, sino sincera y por convicción y nunca por conveniencia. Jamás su actitud fue acomodaticia o titubeante. Su talento y honradez era su mejor garantía de su buena fe.  Era un convencido y no tuvo nunca otro credo que el socialismo para bien o para mal.

En el Sindicato de Trabajadores de la Educación, escaló elevados puestos a nivel nacional llegando a ser tesorero de esta fuerte y numerosa organización.

La envidia y la maledicencia; la mendacidad y falacia, hicieron su presa en él, calumniándolo de haberse enriquecido a la sombra de estos cargos. Yo leía una nota en el periódico Excélsior, en donde se aseguraba que Ontiveros tenía casas de apartamentos en Monterrey, costosos bienes raíces en Sinaloa y, un capital en el Banco.

¡Yo le había regalado un cinturón mío para que detuviera sus venerables pantalones que traía sujeto con un pedazo de soga, la última vez que vino a Rosario!

Apóstol de la enseñanza, trabajó 55 años en el magisterio. Y a ejemplo de su maestro, don Julio Hernández, solamente la muerte interrumpió su fecunda labor.

Su origen humilde no le impidió estudiar cuando el acceso a las universidades estaba vedado para los que nacimos pobres. Él buscó la forma: libros, el apoyo de los apóstoles como don Julio Hernández y se hizo también maestro. Pero un maestro honrado, no un ganapán. Un maestro por vocación, no un fracasado, que vio en la docencia la manera de subsistir con decoro.

Fue mi maestro en tercer año y luego me honró con su amistad. Una amistad total. Por eso quiero dejar en esta modesta ficha biográfica, toda la gratitud que entre Ontiveros y Julio Hernández he compartido desde mi niñez, así como la constancia de que el maestro Miguel C. Ontiveros, es acreedor al homenaje que hoy se le brinda y comparte justificadamente Gertrudis Escobar de González, Concepción Ramírez y don Julio Hernández, cuatro columnas sobre las que se fincó sólidamente la educación de tres generaciones de rosarenses. Carlos R. Hubbard Rojas,  Los educadores en la transformación social de Sinaloa, Historias de vida, Teodoso Navidad Salazar, 2017.

 

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