BAILES DE ORONA. Centro de diversión en la ciudad de Culiacán donde se celebraban bailes populares organizados por “Pancho Orona”, un tipo pintoresco de los comienzos del presente siglo que fue sirviente fiel y cumplido de D. Francisco Cañedo, Gobernador del Estado y quien seguramente pidió y obtuvo de su protector el permiso de hacer bailes públicos con propósitos de especulación, en el barrio donde el propio Orona vivía. El Lic. Verdugo Fálquez, autor de “Las Viejas Calles de Culiacán” en unas cuantas palabras nos pinta aquellas diversiones diciendo “qué tan célebres fueron en la ciudad por su pública disolución, provocando los celos de las muchachas con sus novios, y la desesperación de las esposas con sus maridos de alegres cascos”. Y continúa diciéndonos que dichos bailes se hacían en la propia casa de Orona. “Pero dividió en dos localidades: El baile Popular, que era en el patio del mismo centro de la casa, y el baile Particular, que ocupaba el corredor de la finca, ampliado con bien construida enramada. En ambos locales flameaban por doquier alegres gallardetes y banderolas. En lugar estratégicamente escogido se situada “La Charanga” (“Los trompas de hule”, los llamaba el pueblo) de modo de ser oída por las parejas de bailadores, y al fondo estaba la cantina. En la calle se prologaba la verbena, con puestos al aire libre, de toda clase de comestibles y bebestibles”. Los festejos se anunciaban desde la víspera al oscurecer, con fuertes “tamborazos” en los cruceros de las calles vecinas, para hacerse oír a distancia, a manera de invitación; pero el saraono empezaba formalmente sino desde las primeras horas de la noche en adelante. A la media noche el “jolgorio” (como se decía) era general. Y mientras en el baile popular las gentes se entregaban a la ingenuidad de la danza, los “señoritos del baile de distinguidos” hacían del local particular una sucursal de conocidos cabarets de mala nota”. Orona actuaba como anfitrión y multiplicaba sus atenciones para con la clientela. No eran raras las notas de sangre y cuando esto sucedía, el baile quedaba suspendido inmediatamente. “El local del baile popular, ocupado por la gente humilde y trabajadora, se vaciaba normalmente a las primera horas de la madrugada. Pero el baile particular, de jóvenes bien, se prolongaba frecuentemente hasta el amanecer, no faltando trasnochadores que no se retiraban sino hasta no ver salir el nuevo sol. Dice el Lic Verdugo Fálquez que los bailes de Orona eran la abominación de las gentes de orden de la ciudad, pero constituían el encanto de las juventudes de las diversas clases sociales, porque convertían aquellas reuniones en centro de amorosas conquistas.”